—¿Doña Ana de Acuña?
—Sí, ¿os interesa esa mujer?
—Yo no he dicho eso.
—Esa mujer, tenedlo entendido, no es mi querida; pensaba que lo fuese por cálculo; pero os la cedo.
—Yo no he dicho...
—Pues bien, padre y señor, no disputemos acerca de esto. Vine á interrumpiros, y os dejo de nuevo libre. Estaba aquí con vos esa hermosa señora, y justo es que con vos la deje.
El duque de Uceda salió por la puerta por donde antes había salido doña Ana, y volvió con ella de la mano.
—Mañana nos veremos en palacio, padre y señor—dijo el duque de Uceda—. Hasta mañana.
Y salió por la misma puerta por donde había aparecido.
Quedaron de nuevo solos el secretario de Estado universal del rey y la cortesana.