El escándalo había crecido. La escena tenida por el duque con su hija la condesa de Lemos aquella mañana, era nada, una cosa inocente y casi digna, comparada con la que acababa de tener con su hijo el duque de Uceda.

Lerma no sabía ya dónde se encontraba.

Era un buque sin timón, sin velas, sin jarcias, entregado á merced del mar é impulsado por todos los vientos.

El duque no veía.

Sin embargo, veía delante de sí á doña Ana, pálida, llorosa, aterrada.

El duque necesitaba decirla algo.

Vaciló algún tiempo, y al fin la dijo:

—No soy el rey, pero soy sobre poco más ó menos lo mismo que el rey; ¿queréis servirme?

—Sí—dijo doña Ana—; vuestra soy en cuerpo y en alma si me salváis y me vengáis.

—¡Vengaros! ¿y de quién?