—Del duque de Uceda. Aún siento su mano sobre mi rostro; aún abrasa mi mejilla. El que ha sido villano con una mujer, debía ser infame con su padre. De ese hombre quiero que me venguéis.
—Pues bien, ayudadme.
—Os ayudaré; pero para que os ayude es necesario que me salvéis.
—Sí, sí, os salvaré.
—Pero de un peligro inmediato.
—¿Cuál?
—¿No os dije que el tío Manolillo había matado á puñaladas al sargento mayor...?
—Sí.
—Pues bien; el cadáver de ese hombre está aquí: está en mi casa.
—¡En vuestra casa!—exclamó aterrado el duque.