En aquel momento se oyeron grandes golpes en la puerta de la casa y una voz terrible, la voz del licenciado Sarmiento, que dijo desde la calle:
—¡Abrid á la justicia del rey!
Quedóse el duque perplejo por un instante, pero luego dijo:
—Mandad á vuestros criados que abran, señora.
—¡Criados! ¡no los tengo! ¡si los he despedido para que no se enterasen!
—¡Abrid á la justicia del rey!—repitió el alcalde golpeando con furia la puerta.
—Id, id á abrir, señora—dijo el duque.
—¡Yo! ¡sola!
—Sí; sí, decís bien: iremos los dos.
Y doña Ana y el duque bajaron á abrir á la justicia.