—Descuide, descuide vuecencia, que no lo sabrá nadie.
—Quedad, alcalde, con Dios.
—Dios vaya con vuecencia.
El duque se alejó y el alcalde permaneció por algunos segundos inmóvil.
Después dijo con la voz no tan tonante como otras veces:
—¡Hola! ¡á mí!
Rodeáronle inmediatamente todos los alguaciles.
—El que no quiera ir á galeras—dijo el alcalde—que calle mucho.
—¿Y qué hemos de callar, señor alcalde?—dijo el más audaz de los alguaciles.
—Que hemos encontrado á ese caballero.