—Callaremos—dijeron todos.
—Ahora, hijos, yo creo que nos hemos equivocado; que ese caballero no ha salido de la casa que creímos.
—Sí; sí, señor; nos hemos equivocado.
—Pues bien: como ya hemos esperado harto, y tenemos que evacuar más diligencias en esa casa, venid conmigo.
Entonces fué cuando el alcalde se acercó á la puerta y llamó.
Al tercer llamamiento se abrió la puerta.
Lo primero que vió el alcalde fué delante de sí un hombre embozado; pero con tal capa y tal pluma y tal cintillo en la gorra, que le entró miedo.
—¿Tendremos otro grande de España?—dijo.
—Entrad solo, señor alcalde—dijo gravemente el duque de Lerma.
El licenciado Sarmiento entró.