—Pero eso no es verdad—dijo doña Ana que estaba detrás del duque.

—Callad, señora, callad—dijo Lerma—. ¿Conque el acusado de ese asesinato es el cocinero de su majestad?

—Sí, señor.

—¿Y sus cómplices Quevedo y Girón?

—Sí, señor.

—Venid—dijo el duque de Lerma después de haber meditado un tanto.

El alcalde siguió al duque.

—Decid, señora—dijo Lerma á doña Ana—, ¿dónde está el difunto?

Doña Ana se estremeció.

—Nada temáis—dijo el duque—; voy á salvaros.