—El sargento mayor—dijo doña Ana—está en un patinillo, junto al postigo que da á la calle de San Bernardino.

—Guiad, pues, señora; alcalde, venid.

Siguieron los tres adelante, atravesaron algunas habitaciones, y al fin doña Ana se detuvo en un patinillo lóbrego.

Llovía con abundancia, y empapado por la lluvia, estaba en el centro del patinillo el cadáver del sargento mayor.

Doña Ana le señaló con terror.

—¿Veníais en busca de ese cadáver?—dijo el duque.

—Sí; sí, señor—contestó el alcalde.

—Pues es necesario que le encontréis, pero que no sea aquí.

—¡Cómo, señor!

—Vais á sacar este cadáver por el postigo á la calle.