—¡Señor!

—Sé que os pido mucho; ¿pero sabéis lo que yo puedo hacer por vos?

—¡Oh, excelentísimo señor! ¿Pero cómo he de hacerlo?

—Quitad esas luces de en medio—dijo el duque.

Doña Ana tomó la linterna del alcalde, y con la suya las puso en una habitación inmediata.

El patinillo quedó á obscuras.

Cuando volvió doña Ana, el duque la dijo:

—Abrid el postigo, señora.

—Pero abridle silenciosamente—dijo el alcalde.

Doña Ana abrió en silencio el postigo.