—Ahora, alcalde, sacad ese cadáver á la calle.

El alcalde, con la esperanza de merecer por el favor del duque de Lerma, hizo, como vulgarmente se dice, de tripas corazón, asió á tientas el cadáver por los pies, le arrastró hacia el postigo y le sacó fuera.

Luego entró.

—¿Habéis concluído ya?—dijo el duque.

—Sí, excelentísimo señor.

...le arrastró hacia el postigo y le sacó fuera.

—Cerrad el postigo, señora, y después traed las luces.

Poco después volvía con las linternas, y el duque y el alcalde examinaban el patinillo.

—No queda rastro de sangre—dijo el duque—; la lluvia la ha lavado.