—Pero queda la mancha en la alfombra de la habitación, donde sin culpa mía, y sin poderlo yo evitar, ese hombre fué herido, y los rastros en los lugares por donde ha pasado hasta aquí.
—Pues bien; quemad esa alfombra y lavad esos rastros, señora; algo habéis de hacer por vuestra parte. Ahora bien, alcalde; vais á salir de esta casa. En ella no habéis encontrado nada. En premio de vuestros servicios, miráos ya presidente de los oidores de la real audiencia de Méjico, con tres mil ducados para costas de viaje.
—¡Ah! ¡señor! ¡excelentísimo señor!
—No es esto todo lo que tenéis que hacer.
—Mande vuecencia.
—Cuando salgáis de aquí, iréis con vuestra ronda á la calle de San Bernardino, á donde da ese postigo. Dentro de poco, el cocinero mayor de su majestad saldrá por ese postigo. Prendedle junto al muerto, y hacedle cargo del delito.
—Muy bien, señor.
—Vamos, señora, guiad á la puerta principal.
Cuando estuvieron en el zaguán, el duque se embozó, se cubrió, y abrió la puerta.
El alcalde salió.