—¡Oh! ¡oh! ¿quién es?—dijo retirándose de una manera nerviosa al ver á doña Ana.
—Nada temáis, señor Montiño—dijo doña Ana—; soy yo, que de orden del duque de Lerma, voy á echaros fuera para que os vayáis á descansar.
—¡A descansar! ¡á descansar! ¿Conque sabéis al fin que es el duque de Lerma? ¿Conque os habéis arreglado? Todos se arreglan menos yo.
—Vamos, amigo mío, que es ya tarde.
—¡Que es ya tarde!—dijo Montiño siguiendo á doña Ana que se encaminaba á unas escaleras—; decídmelo á mi, que he estado dos horas arrinconado en el pasadizo, y temblando, más encogido que un orejón.
—Por lo mismo, es conveniente y justo que os volváis á vuestra casa.
—¡A mi casa! ¡á mi casa! ¿Y dónde está mi casa?
Habían bajado las escaleras y se encontraban en el patinillo.
Doña Ana llegó al postigo y le abrió.
—Id con Dios, señor Montiño—dijo.