—Quedad con Dios, señora—dijo el cocinero rebujándose—; pero esperad un momento... Como veréis á su excelencia... cuando nada importante tengáis que hablar, recordadle la situación en que me hallo; ya lo sabe su excelencia; decidle que estoy muy necesitado de amparo.
—Sí, sí, se lo diré—contestó doña Ana con suma impaciencia.
—Perdonad, perdonad, señora—dijo Montiño, notando el disgusto de doña Ana—; los desventurados creemos que nadie tiene que hacer más que pensar en ellos. Adiós, señora, adiós... y recibid mil plácemes por vuestra buena fortuna.
—Adiós, señor Francisco, adiós.
El cocinero salió y doña Ana cerró con precipitación el postigo.
—Pues señor—dijo el cocinero mayor, rebujándose de nuevo en su capotillo—, sigue lloviendo, y la noche no es más clara que un tizón; ¿y á donde voy yo ahora? El alcázar estará cerrado á piedra y lodo; y aunque no lo estuviera... por nada del mundo voy yo á mi casa á despedazarme el alma con aquel doloroso espectáculo; ¡mi dinero!, ¡mi mujer!, ¡mi hija! Vamos, me voy á casa del señor Gabriel Cornejo; no es muy buena casa, pero mejor estaré allí que en la calle, y sin linterna... y con esta noche... pues señor, por lo que pueda suceder desnudemos la daga y vamos de prisa para llegar cuanto antes.
Y el cocinero arrancó.
Pero á los pocos pasos tropezó y cayó.
Al caer sintió bajo de si un cuerpo humano.
Una de sus manos se apoyaba en su semblante.