Los alguaciles sacaron cuerdas de sus gregüescos y ataron codo con codo á Montiño.
—¿Pero qué vais á hacer conmigo?—exclamaba el infeliz llorando.
—Brinco más ó menos, bailarás, hijo, y bailarás en el aire—dijo un alguacil.
—¡Que bailaré! ¡Para bailar estoy yo! Yo no quiero bailar—dijo Montiño.
—Que quieras que no quieras, á la fuerza ahorcan—repuso otro de los alguaciles.
—¡Ahorcan! ¡Que me ahorcarán! ¡Conque después de haber sido robado en cuerpo y alma, he de ser ahorcado!
—Si probáis que el hombre que habéis muerto era un ladrón...—dijo el alcalde.
—Pero si yo, señor, no he muerto á ningún hombre—dijo Montiño—; ¡si yo no he matado jamás otra cosa que pavos, capones y conejos!
—Si probáis que el hombre á quien habéis muerto era un ladrón, y que le habéis muerto en defensa propia, seréis absuelto... no lo dudéis... pero si no, seréis ahorcado como asesino. Veamos, pues, qué tales trazas tiene el difunto.
—Es un sargento mayor—dijo un alguacil.