—¡Un sargento mayor!...—exclamó Montiño.
Y de una manera instintiva arrojó una mirada cobarde al cadáver, cuyo semblante estaba alumbrado por la luz de la linterna de un alguacil.
—¡Don Juan de Guzmán!—exclamó Montiño reconociéndole—¡el infame que me ha robado mi dinero, mi mujer y mi hija!
—¡Ah, ah! ¿Le conocéis?—dijo el licenciado Sarmiento—¿y además decís que ese hombre os ha causado perjuicios?
—¡Perjuicios! ¡Dios sólo sabe lo que ese infame ha hecho conmigo!
—Aunque yo no os hubiera encontrado sobre el cadáver y con la daga en la mano, y á tales horas y en tal noche, las palabras que acabáis de decir y que demuestran que sois enemigo del muerto, bastan para llevaros á la horca. Pero no perdamos tiempo. Adelante con él, á la cárcel, hijos; uno de vosotros avisad á la parroquia y que vengan por el muerto.
El licenciado Sarmiento echó á andar hacia la cárcel de corte, y los alguaciles empujaron á Montiño, que se resistía instintivamente á ir preso.
Al fin, inflexible el alcalde de casa y corte á las súplicas y á las declamaciones, Montiño fué, ó mejor dicho, fué llevado por los alguaciles á la cárcel, donde le arrojaron en un calabozo en que había otros presos.
Cuando Montiño oyó crujir las cadenas y rechinar los cerrojos de la puerta, se desmayó.