—Os diré, señor Francisco: la reina, en la apariencia, obedece al rey; pero en realidad conspira.

—¡Ah, ah! eso es cierto.

—Pues bien; con las conspiraciones de la reina no se puede gobernar.

—¡Ah, ya!

—Y como su excelencia el duque de Lerma, quiere labrar la prosperidad en los reinos de su majestad...

—¡Ah, ya!

—He aquí que un día encargó á don Rodrigo Calderón que buscara un medio para que la reina no conspirara; y don Rodrigo buscó al sargento mayor don Juan de Guzmán para que viese de qué modo podía hacer el que la reina no conspirase.

—No se lo volverá á encargar más—dijo con acento lúgubre Montiño.

—¿Y por qué, esposo y señor?—dijo suavemente Luisa.

—Porque nadie encarga nada á los muertos—contestó con acento doblemente lúgubre el cocinero.