—¡Que ha muerto!—preguntó con la misma suavidad y la misma indiferencia Luisa.

—¿Pues por qué estoy yo aquí?—exclamó en una de sus chillonas salidas de tono Montiño.

—¡Cómo, marido mío! vos que sois tan humano y tan compasivo, ¿habéis matado á un hombre?—dijo Luisa.

—Y si le hubiera matado, razones me hubieran sobrado para ello, señora—exclamó con acento amenazador Montiño.

—¡Razones!

—¡Sí; sí, señora! ¿pues no érais vos amante de ese hombre?

—¿Yo?... ¡que yo era amante de!... ¡de ese hombre!... ¡Dios mío!... ¡y sois vos!... ¡vos, mi marido!... ¡quien me dice!... ¡esa calumnia horrible!... ¡yo, la mujer más honrada que ha nacido de madre!

—¡Conque vos sois honrada!... ¡y habéis salido de mi casa!... ¡y me habéis pervertido mi hija!... ¡y me habéis robado!...

—¡Ta, ta, ta!—dijo con el aplomo más admirable Cristóbal Cuero; ¡que vuestra mujer, que esta santa os ha robado! ¡lo que ha hecho es lo que no hubiera hecho ninguna mujer!

—Créolo bien, porque ninguna mujer hubiera cometido contra mí tan negra infamia.