—¿Llamáis infamia poner á salvo vuestro dinero?
—¡Cómo! ¡que mi dinero está en salvo! ¿y dónde?
—Casa del señor Gabriel Cornejo.
—¿Que están allí mis sesenta mil ducados?
—Sí; sí, señor.
—¡Dios mío!—exclamó Montiño—. Pero eso no puede ser... sería demasiada fortuna... ese dinero que yo he ganado con tantos afanes... perderlo... llorarlo... volverlo á encontrar.
—Sí; sí... encontrado lo tenéis y no lo tenéis...
—¡Cómo, pues qué! ¿hay alguna duda?—exclamó alentando apenas el cocinero mayor.
—Yo he entregado ese dinero al señor Gabriel Cornejo—dijo Cristóbal—, á mi es á quien el señor Gabriel lo entregará únicamente.
—Pues le llamaremos, le llamaremos, hijo; por eso no quede... no veo duda alguna.