—Es que yo, señor Francisco, no pediré al señor Gabriel Cornejo ese dinero, sino yendo á su casa á pedírselo; es decir, estando en libertad.

—¿Y cómo puede ser eso? ¡pecador de mí!—dijo lleno de angustia Montiño.

—En vos consiste.

—¡En mí!

—Sí, señor Francisco; en vos y sólo en vos, porque sólo por vos estamos presos.

—¿Por mí?

—Sí por cierto; ¿no decís que la reina no ha comido de la perdiz?

—Si hubiera comido... hubiera muerto como el paje.

—Sí, sí, tenéis razón... hubiera muerto—dijo Cosme Aldaba.

—¡Cómo! ¿pues no decía Cristóbal que los polvos con que estaba aderezada la perdiz eran un hechizo?