—No culpéis, pues, ni á vuestra esposa, ni á vuestra hija, ni á su novio. Yo tengo la culpa de todo, señor Francisco, y yo os prometo que en saliendo de aquí no me veréis más, porque iré á meterme fraile.
—¿Y crees tú que yo dejaré que tu crimen quede impune por mi parte?
—¡Ah! ¡queréis dar parte á la justicia!
—Es mi obligación; me lo manda mi conciencia.
—Pues bueno; iremos juntos á la horca... todos á la horca... sin escapar siquiera ni vuestra mujer ni vuestra hija.
Montiño lanzó un rugido de rabia, de dolor, de miedo.
—Conque, ¿qué os parece?
—¿Qué ha de parecerme—dijo Montiño después de algunos momentos de un silencio enérgicamente expresivo—, ¿qué ha de parecerme sino que estoy en poder de Satanás?
—Pues bien; sí, es verdad—dijo Cristóbal Cuero—, pero Satanás os tiene tan bien agarrado, que no os soltará á tres tirones. En vos consiste recoger vuestro caudal, tener á vuestra mujer y á vuestra hija, ó que nos ahorquen á todos. Escoged.
—¿Pero cómo puedo yo hacer...?—dijo Montiño en el colmo de la desesperación.