—Decid que no tenéis queja alguna de vuestra esposa, de vuestra hija ni de nosotros.

—Eso no puede ser.

—Tened toda la queja que queráis, pero no lo digáis á nadie—dijo Cosme Aldaba.

—¿Y os soltarán...?—dijo Montiño.

—Indudablemente.

—Pero yo me quedaré aquí.

—¡Vos, marido mío!

—Sí, sí por cierto; como que me acusan de haber dado muerte á vuestro amante.

—Decid al sargento mayor don Juan de Guzmán, pero no digáis á mi amante—exclamó con altanería Luisa—; sobre todo, no deis mal ejemplo á vuestra hija diciendo delante de ella tales cosas.

—¡Mi hija...! ¡tan perdida como vos!