—¡Padre!—exclamó con su dulce voz la Inesilla—; es verdad que quiero á Cristóbal, pero le quiero para mi marido... y mirad, señor, que mi madre es una mujer honrada.

—¡Hum!—dijo el cocinero mayor—. Pero eso no quita el que yo tenga encima un proceso.

—¿Y sois vos en efecto quien ha matado al sargento mayor?—dijo Luisa, cuya voz estaba perfectamente serena.

—Os diré... no lo puedo asegurar... no sé de fijo si le he matado ó no.

—¿Que no lo sabéis? pues entonces ¿quién lo sabe?

—¡Dios!

—Pero explicáos.

—Salía yo de una casa, pero como la hora era alta y la noche lóbrega y el barrio apartado, desnudé la daga... me previne... á los pocos pasos tropiezo, caigo, y me encuentro sobre un cuerpo humano, y con la justicia encima, que viéndome con la daga desnuda y sobre un difunto, me toma por un homicida, y me prende.

—Decidme, señor Francisco—preguntó Cosme Aldaba—, ¿llevábais vos la daga de punta?

—No me acuerdo—contestó con angustia Montiño.