—Y bien, aunque se me pruebe que yo sabía eso...
—Habéis matado á don Juan de Guzmán junto al postigo de la casa de doña Ana; allí, junto al cadáver, hierro en mano, os ha encontrado la justicia. ¿A qué íbais por allí, señor Francisco Martínez Montiño?
Pronunció de una manera tan fatídica estas palabras, que Montiño se aterró; aturdido, embrollado su pensamiento, llegó á creer lo que no había visto claro; esto es: que en efecto y por una terrible casualidad, hermana de las inauditas que le estaban abrumando desde que llegó á Madrid su sobrino postizo, había matado sin quererlo, sin sospecharlo siquiera, al amante de su mujer. Vió que todas las apariencias estaban en contra suya, y se echó á llorar.
—Ha sido un asesinato meditado, llevado á cabo con una frialdad horrible—dijo el bufón—: á un asesino tal, se le ahorca...
—¡Que me ahorcarán!... ¡Dios mío! ¡y no hay remedio!
—La ley es rigurosa y expresa... y no era necesario que vuestro proceso estuviese en manos del terrible alcalde de casa y corte, Ruy Pérez Sarmiento, que se perece por ahorcar gente; cualquier otro alcalde, por bueno y por compasivo que fuese, os entregaría al verdugo.
—¿Y habéis venido á decirme eso, cuando yo, ¡triste de mí! creía que veníais á salvarme?
—Sois mezquino y cobarde, que si no lo fuérais, yo os salvaría.
—¡Vos!
—¡Yo!