La luz de una linterna penetró en el interior.
Quevedo miró profundamente al bulto que estaba pegado al brazo que tenía la linterna.
Pero nada vió más que el bulto.
—¡Ah! ¡vive Dios!—exclamó una voz ronca—. Por bien empleado doy el trabajo que me ha costado encontrar la llave en la ropilla de uno de esos alguaciles, á quien el diablo hospeda sin duda en estos momentos en la mejor cámara del infierno.
—¡Ah! ¡voto á!... ¿eres tú, Juan de Francisco?—dijo Quevedo reconociéndole por la voz.
—Humilde criado de vuesa merced—contestó el matón.
—Pues si mi criado te confiesas, mándote que te entres, que lugar hay en este calabozo andante, y que me expliques...
—Con mil amores, don Francisco; pero esperad, voy á dar á mis bravos muchachos la orden de que nos volvamos á Madrid.
—¿Conque á Madrid nos volvemos?
—De orden superior.