—Como quien dice, de orden de su majestad el dinero.
—¿Pues á quien otro obedezco yo?
—Despacha, hijo, y ven y entendámonos.
Francisco de Juara se separó de la litera y dió algunas órdenes en voz baja y rápida.
Luego, á obscuras, entró en la litera, se sentó á tientas al lado de Quevedo, cerró la portezuela é inmediatamente ésta se puso en marcha.
—¿Quién ha armado todo esto?—dijo Quevedo.
—Una mujer que os ama.
—¡Ah! por mis pecados, condesa de Lemos—dijo Quevedo—, que no sabía yo que tan valiente érais.
—Las mujeres son diablos, don Francisco—repuso Juara.
—Y aun archidiablos; una perdió al mundo y sus nietas siguen perdiéndole; aconsejadas siguen por el diablo. ¡Audacia como ella! Pero cuenta, hijo, cuenta; así entretendremos el tiempo. ¿Cómo te me he venido yo á las manos? ¡Lance más donoso!