El matón hizo parar la litera, salió de ella, y cerró de nuevo con llave.

—Paréceme—dijo Quevedo—, que este tunante quiere vengarse de la paliza que le apliqué hace cuatro noches; pues días pasan y días vienen, y los tiempos andan, y alguna vez nos encontraremos, racimo de horca. ¡Y pensar que don Juan está abandonado á sí mismo y acaso preso! ¡Válgame Dios! ¿y con qué cara me presento yo, si acontece al muchacho una desgracia, á don Pedro Girón?

—¡Alto allá!—dijo de repente una voz robusta en el camino.

Dejó Quevedo de pensar para poner su atención en lo que pasaba fuera, y oyó que algunos hombres hablaban amigablemente.

—Ha llegado, por lo que veo—dijo Quevedo—, la hora de la entrega, y pronto llegará la de la presentación. Si ese Juara no me engañase... si ese Juara me sirviese... y estoy más indefenso que un ratón cogido en trampa.

Abrióse la litera.

Un bulto se acercó á ella.

—Salid, caballero—dijo á Quevedo.

Este no conoció la voz del que le había hablado, pero salió.

—Asíos de mi brazo, que la noche está lóbrega—dijo aquel hombre—y sois torpe de pies.