—Y de cabeza, lo que no creía, y me ha hecho creer el verme perdido en estos enredos—dijo don Francisco asiéndose al brazo de quien le había hablado—; ¿y á dónde vamos, amigo? Alegraríame que fuese cerca, porque llueve que cala y ciegos andamos.

—¿No oís?

—Campanillas.

—De mulas de coche.

—Muy ruidoso me hacéis.

—No hay por qué taparse.

—Alégrome.

—Pero ya llegamos. ¡Eh, Andresillo, la meseta á este caballero para que suba!

—No veo—dijo Quevedo.

—Guiaréos yo; delante tenéis la meseta.