—Entonces seremos los dos felices.
—No os entiendo.
—Si me prendes serás mi carcelera, porque no te fiarás de nadie; y si eres mi carcelera, teniéndote al lado tengo contigo un cielo. ¡Que no se muriera el conde de Lemos!
—Me estáis destrozando el corazón.
—Ya sabía yo que la tormenta acabaría en lluvia—dijo para sí Quevedo—. ¿Lloras, alma mía?
—¡Lloro mi desdicha, mi desesperación! ¡Me pesa de haber nacido!
—¡Catalina de mi alma!
—¡Oh, cuánto, cuánto os amo aunque no lo merecéis!—dijo la condesa.
—No os amo yo menos.
—Eso es mentira.