—Sabe Dios que si alguna mujer me ha lastimado el corazón, has sido tú; que si en algún vaso puro he calmado la sed de mis labios, ha sido en tu boca; que si alguna luz ha iluminado mi alma, ha sido la luz de tus ojos; que si en alguna parte ha descansado mi cabeza quemada por el desprecio y el cansancio de todo, ha sido en tu seno. No miento, Catalina, no miento; yo te amo, yo te adoro, yo te venero... ¡Dios lo sabe!
Y Quevedo no mentía.
Amaba con toda su alma á la condesa.
—Pero amaba más á su ambición.
Su ambición estaba personificada en el duque de Osuna, y Quevedo servía al duque en cuerpo y alma.
Importaba, por lo tanto, demasiado á Quevedo, salvar de los peligros que le amenazaban á aquel hijo natural del duque, por el que únicamente había ido á la corte.
Pensando en esto, y para tener una ayuda, un medio, había sido audaz con la condesa de Lemos, y cuando la condesa de Lemos se convirtió para él en un inconveniente, la abandonó, abandonando su amor; la lastimó lastimándose á sí mismo.
Se veía cogido por una mujer justamente ofendida y enamorada, y no sabía cómo escapar de sus manos.
Apeló, pues, á la fascinación del amor.
Pero la condesa estaba ya escarmentada; no le creía, y el asunto iba haciéndose negro para Quevedo.