—Lo tengo pensado.
—¿Conque soy vuestro prisionero?
—Prisionero por amor.
—Sois, pues, mi Carlos V.
—Y vos, mi Francisco I; por lo mismo temo firmar con vos las paces, no sea que vos me engañéis, como Francisco I engañó á Carlos V.
—¡Entendida sois en historia!
—Por mi desdicha; quisiera ignorarlo todo.
—Me dais miedo.
—¡Ah! ¡por fin!
—Mientras una mujer injuria ó llora ó se desespera, aún hay esperanzas de dominarla; pero cuando, como vos, acaba por hablar á sangre fría, y casi ríe...