—Sí por cierto; dadme la mano para bajar.
—Os la diera mejor para subir.
—Ya subiremos.
—Y aún llueve—dijo Quevedo.
—Y hace obscuro; por lo mismo os guío.
—¿Y las gentes que os acompañan?
—Se han ido.
—Misteriosa aventura.
—Y más misteriosa la felicidad que más allá de esta puerta me aguarda.
—Y la condesa abrió con llave el postigo de una cerca.