—Pues va á decirlo pronto. El coche se para. Hemos llegado.

—¿Y á dónde hemos llegado?

—No quiero ocultároslo. A mi casa de campo del río.

—Creo que esta casa es del conde mi señor, y que la pintó y la amuebló para vuestras bodas.

—Así es.

—¿Y aquí queréis tenerme?

—¿Y por qué no?

—Ocurrencia del diablo es.

—Dejadme bajar, que abren la portezuela.

—¿En galán os tornáis, y en dama me convertís?—dijo Quevedo.