—Sigue, sigue, Pelegrín.
—Como os decía, aunque sabéis que don Rodrigo os ha hecho traición, no podéis deshaceros de él; como no podéis deshaceros ahora de Uceda, de Lemos, de Olivares, de Sástago, de tantos y tantos á quien vuecencia estorba; os veréis obligado á servir de escala á Calderón, que partirá con vos la ganancia, porque os necesitará siempre, pero que os comprometerá; porque Calderón, soberbio y ciego y codicioso, hará tales cosas, que él mismo se hundirá... y al hundirse, os hundirá con él.
—¿Pero qué puede suceder?...
—Yo veo á Calderón marchar de frente hacia el cadalso, sin verle, confundiéndole con el trono.
—¡Ah!
—Dejad que suba solo al cadalso... cubríos...
—¡Cómo! ¡Pelegrín! ¡crees...!
—Lo creo posible todo. Si fuera tiempo, os diría: retiráos de la corte... pero ya no es tiempo, señor; estáis en el mismo caso que aquel que, subiendo unas escaleras, va dejando caer los escalones; no tiene más remedio que seguir subiendo, ó caer desde una inmensa altura á una muerte cierta; no podéis retroceder.
—Y entonces... ¿qué hago?
—Roma insiste sobre el asunto de las preces...