—Pero no puedo complacer á Roma sin rebajar la dignidad del rey.

—Es un recurso desesperado. Complaced al papa, á cambio de otra complacencia del papa.

—Explícate mejor.

—Pedid á Roma el capelo.

—¡Ah!—exclamó el duque de Lerma, abandonando su sillón y yendo á abrazar á Santos—; sí, sí, tú eres mi amigo; tú eres la única persona leal con que cuento; ¡el capelo! ¡y no se me había ocurrido! ¡y sin embargo, tengo el alma llena de una inquietud vaga, del temor de verme envuelto en las traiciones infames, en los delitos de los que me rodean! ¡el capelo! ¡gracias, Pelegrín, gracias! El duque de Lerma puede ser juzgado y condenado por el rey. ¡El cardenal, duque de Lerma, sólo puede ser juzgado y sentenciado por Roma! ¡Roma! yo haré que Roma esté tan contenta de mí, que me crea ser su mejor hijo. Escribe, escribe, Santos...

—¿A Roma?

—¡A Roma!

—No es asunto para escrito... es necesario que vaya una persona de toda la confianza de vuecencia.

—¡Y quién mejor que tú! ¡tú que acabas de darme una prueba inapreciable de tu amor y de tu lealtad hacia mí!

—¡Partiré!