—Al momento.

—Esperemos...

—¿Que esperemos, y dices que es de todo punto necesario?...

—Esperemos á mañana.

—Preconíceme Roma y nada temo.

—Nada de preconizaciones: basta con que en un momento dado, autorizado por el papa, podáis vestiros la púrpura; sed en buen hora cardenal, pero no lo digáis á nadie... no mostréis miedo...

—¡Ah! ¡Pelegrín! ¡yo no te conocía!

—Como no habéis conocido á los traidores hasta que ha sido de todo punto imposible que no los conozcáis, no habéis conocido á los leales hasta que los leales se han visto obligados por amor vuestro á darse á conocer.

—¡El capelo! ¡el capelo!—exclamaba el duque de Lerma paseándose á largos pasos por su despacho—. ¡Y que no se me haya ocurrido! ¡el capelo! ¡hijo de Roma! ¡la Iglesia puesta entre el poder temporal y yo! ¡qué quieres, Pelegrín!

—Seguir siendo vuestro secretario.