—¿Y nada más?
—Nada más. Pero para que siga siendo vuestro secretario, es necesario que no me deis muchos días como hoy.
—Vete, vete á descansar, y... está dispuesto.
Santos se inclinó y salió.
El duque de Lerma estaba contento; había encontrado al fin la difícil solución de un problema obscuro que le tenía vivamente inquieto. Cubrir su responsabilidad como ministro, cuando tan duros eran los tiempos, con el manto de la Iglesia, era cosa que jamás se hubiera ocurrido al duque de Lerma.
Saboreando estaba su contento, cuando un ayuda de cámara abrió la puerta y dijo respetuosamente:
—Señor, el cocinero mayor de su majestad, solicita hablar á vuecencia.
Lerma mandó entrar á Montiño.
Presentóse éste, pálido, desencajado, estropeado completamente en cuerpo y traje; miró al entrar con recelo en torno suyo, y dijo con grande misterio:
—¿Podrá escuchar alguien lo que voy á decir á vuecencia?