—Nadie, Montiño, nadie—contestó el duque—. ¿Pero qué sucede?

—Sucede, señor... En primer lugar, la Dorotea me envía.

—¿Y qué quiere la Dorotea?—preguntó el duque estremeciéndose, porque veía de nuevo asomar la fatídica figura del bufón, que había llegado á convertirse para él en un espectro.

—La Dorotea... quiere ver á vuecencia... al momento; me ha mandado llamar para eso solo... está enferma... muy enferma...

—Iré, iré... Id á decírselo.

—Un momento, señor; tengo que hablar á vuecencia de asuntos míos.

—¿De asuntos vuestros?

—Creo, señor—dijo Montiño, á quien la desesperación daba atrevimiento—, que en mí tiene vuecencia un esclavo, que ha hecho por vuecencia...

—Lo bastante para que os ampare; lo sé.

—¡Ah, señor! necesitado y muy necesitado estoy de amparo. Por servir anoche á vuecencia al salir de aquella casa, me aconteció una negra aventura.