El joven dió un paso atrás, y se quitó el sombrero. La dama que salía dió un ligero grito de sorpresa, y quedó inmóvil.
—¿Qué hace este hombre aquí?—dijo con la voz notablemente alterada.
—Perdonad, señora, pero...
—¿Pero qué?—exclamó con impaciencia la dama.
—Soy forastero: He venido al alcázar á ver á mi tío, y al salir me he perdido.
—¿Y quién es vuestro tío?
—El cocinero mayor del rey.
—¡Ah!¿sois sobrino del cocinero mayor?—repuso la dama, cuya voz estaba alterada por una conmoción profunda—; comprendo: venís de las cocinas.
—Así es, señora—contestó el joven—, que contrariado y confuso por su torpeza, tenía la vista fija en el suelo.
—Habéis bajado por las escaleras por donde se sirve la vianda á su majestad; habéis cruzado la galería de los Infantes, y os habéis metido en la portería de damas... ¡y esos maestresalas!... ¡estarán durmiendo!