—Yo siento, señora... yo quisiera...
—¿Cuánto tiempo hace que estáis en esta galería?
—Hace un momento, señora; como que al abrir esta puerta, buscaba una salida.
—¿Y no habéis oído hablar á nadie?
—No, señora.
Y entonces el joven alzó los ojos, miró á la dama y se puso pálido.
Lo que había causado la palidez del joven, era la hermosura de la dama y la expresión de sus grandes ojos, fijos en él, de una manera particular.
—La casualidad que os ha traído aquí—dijo la dama—, os pudiera costar cara.
—Sucédame lo que quiera, me pasará indudablemente menos de ello que de haberos disgustado.
—Venid—dijo la dama—, cuya voz tenía todavía el acento irritado, trémulo, conmovido.