Se empeoraba el negocio á la vista de don Juan, y como hemos dicho, no pudo dormir en toda la noche.
Al día siguiente, cuando volvió el carcelero con el almuerzo, cuando don Juan le habló, el carcelero le respondió con gran respeto:
—Se me ha prohibido terminantemente hablar con vuesa merced una sola palabra; estas que le digo son imprudentes, porque las paredes escuchan. No me pregunte vuesa merced más, porque no le contestaré.
Después de esto el carcelero salió, y don Juan quedó más cuidadoso que antes.
Adelantó el día y con él la desesperación y la impaciencia de don Juan.
Nadie parecía á tomarle declaración ni darle noticia alguna.
Al fin, al medio día se oyeron pasos en las escaleras y luego el ruido de los candados y cerrojos de la puerta.
Entró el carcelero.
No traía la comida.
Esto dió alguna esperanza á don Juan.