—¿A qué venís?—dijo al carcelero.
—Vengo á pediros licencia, en nombre de una dama que quiere hablaros—contestó aquél.
—¿De una dama? ¿qué señas tiene?
—Está completamente encubierta por un manto; pero parece principal y hermosa.
—¡Ah, es ella!—dijo don Juan pensando en doña Clara y sin acordarse, ni remotamente, como hasta entonces no se había acordado, de Dorotea.
—Trae una orden terminante para que se la permita hablaros á solas, del señor alcalde de casa corte, Ruy Pérez Sarmiento, de quien pende vuestro proceso.
—¡Oh, pues que entre! ¡que entre!—exclamó con afán el joven.
—Entrad, señora—dijo el carcelero llegando á la puerta.
Entró una mujer completamente envuelta en un manto, y mandó con un ademán enérgico al carcelero que saliese.
La puerta se cerró.