Entonces la mujer se echó atrás el manto, adelantó hacia don Juan, le asió de las manos y le miró exhalando toda su alma, y su alma enamorada por sus ojos.
—¡Ah! ¡Dorotea!—exclamó con una sorpresa dolorosa don Juan.
—¿La esperábais á ella?—dijo Dorotea con la voz apagada de quien sufre un dolor agudo.
—Os confieso que... señora... me sorprende...—dijo trastornado don Juan.
—¿Os sorprende que yo sea la primera mujer que penetra por vos en este horrible encierro? ¡No sabíais, no habíais podido saber cuánto yo os amaba! ¡cuánto era capaz de hacer por vos! ¡pues sabedlo, os traigo vuestra libertad!
—¡Mi libertad! ¡vos!—exclamó dejando ver la expresión de una profunda sorpresa don Juan.
—Sí, yo... aquí está—dijo Dorotea mostrando al joven un pliego cerrado.
—¿De modo que ya puedo salir de aquí?
—Aún no—contestó dolorosamente Dorotea.
Esta respuesta de la joven irritó á don Juan.