—Haces mal.
—Lo quiero. ¡Y cuenta con que doña Clara pueda ni aun por indicios sospechar!
—¡Haces mal!—repitió el bufón, y tomó la orden y la guardó suspirando.
Ni Dorotea ni el bufón hablaron una palabra hasta que la litera llegó á las puertas del alcázar.
—Entrad—dijo Dorotea al bufón—; haced que esa orden llegue, como os he dicho, á las manos de doña Clara, y luego buscad al cocinero mayor, y hacedle que vaya á verme.
El bufón salió de la litera.
—¡A casa!—dijo la Dorotea.
La litera se puso de nuevo en marcha.
—El bufón, después de meditar un momento en el vestíbulo, se entró resueltamente en la secretaría de Estado.
—Decid á su excelencia—dijo—que yo, mi majestad el bufón, le mando que me reciba y me oiga.