Riéronse todos de la manera cómica con que el tío Manolillo dijo estas palabras, y uno de los oficiales contestó:
—No está su excelencia de humor para recibiros, tío.
—¡Quién le mete al menguado en lo que no le importa!—repuso gravemente el bufón—; diga al duque que Felipito mi amigo me envía.
—¡Ah! ¡si traéis orden del rey!...
—¡Qué pesado! ¿Te pagan para que repliques, ó para que hagas lo que se te mande?
—Vamos, no os incomodéis, tío—dijo el oficial—; decid á su excelencia, Lasala, que el bufón de su majestad quiere verle.
El enviado entró.
—Ya veréis cómo Lerma no me hace esperar tanto—dijo el bufón paseándose con gran prosopopeya por la secretaría.
En efecto, un momento después de haber entrado, Lasala abrió una mampara y dijo:
—Su excelencia espera al bufón de su majestad.