Cinco minutos después de haber entrado el tío Manolillo en el despacho del duque, éste subía por una escalera de servicio á la cámara del rey.

Felipe III estaba ocupado en examinar con su montero mayor una magnífica escopeta de dos cañones que acababa de regalarle respetuosamente la muy noble y leal villa de Eibar.

—¡Eh! vienes á tiempo—dijo el rey al ver al duque—; tú que eres aficionado, ¿qué te parece este arcabuz de caza? Mira qué llaves, Lerma: una invención, una verdadera invención.

—En efecto, señor—dijo el duque—, los vizcaínos son muy hábiles y muy industriosos. A primera vista se conoce la bondad de esa arma. Pero con licencia de vuestra majestad, vengo á hablarle de un negocio muy importante.

—¿Tan importante que no admite demora?

—De ningún modo, señor.

—No me dejarán reposar; ni aun cuando rezo estoy seguro: vamos, Lerma, vamos: y tú espera aquí—dijo el rey al montero mayor.

Felipe III y su secretario universal se encerraron.

—Veamos de qué se trata—dijo el rey con el empacho que le causaban todos los negocios.

—Del asunto de doña Clara Soldevilla.