—Tienes razón, Lerma, tienes razón; y ahora más que nunca conozco el grande afecto que me tienes; no me gusta estar reñido con la reina. Voy... voy... adiós, Lerma, adiós.
Y el rey abrió una puerta, atravesó un largo corredor, abrió otra puerta y se encontró en la recámara de Margarita de Austria.
La reina leía.
Al ruido de los pasos del rey volvió la cabeza.
Al verle, dejó el libro, se puso ceremoniosamente de pie, y miró al rey con severidad.
—Veo que aún estás enojada, Margarita—dijo el rey.
—En efecto, señor—contestó la reina—; tengo un profundo disgusto.
—¡Por tu queridísima doña Clara!
—Me he propuesto no volver á hablar más á vuestra majestad de este asunto.
—¡Mi majestad!... ¡Pero si estamos solos, Margarita, si estamos solos! ¡Siéntate aquí al lado mío! Vengo á que hagamos las paces.