—¡Oh! ¡sí, señor! ¡no sé por qué he tenido miedo! vos no podéis dudar de mí, ¿no es verdad?

—¡Dudar yo de la reina! ¡de mi esposa!—dijo el rey en uno de los arranques de verdadera dignidad que á veces dejaba conocer—. ¡Cómo! ¿por qué había yo de dudar de vos, señora?

—Oidme, don Felipe, oidme, perdonadme, porque por una sola vez en mi vida he obrado con ligereza.

—Yo estoy seguro de que no tengo que perdonarte nada—dijo el rey volviendo á su debilidad habitual, y procurando excusarse de entrar en explicaciones que le asustaban, porque á primera vista parecían graves.

—No, no; me habéis de oír: os lo suplico—dijo la reina—, necesito librar mi conciencia de este peso.

Al oír la palabra conciencia, el rey, que tenía algo de lo asustadizo de su padre, aunque no su firmeza ni su sombrío recelo, se alarmó.

—¡Tú conciencia, dices!

—Sí, porque siendo vos mi rey y mi esposo, os he callado lo que no debía haberos callado.

—¿Tendremos alguna otra conspiración?—dijo todo asustado el rey.

—Sí; sí, señor; de conspiraciones se trata; pero de conspiraciones que ya no deben daros cuidado, porque ya pasaron.