—¡Condiciones á la reina! ¡un vasallo! ¿pero cómo podía ese miserable atreverse á dictarte condiciones?
—Fuí imprudente; creyéndole un vasallo leal, le escribí algunas cartas de mi puño y letra, avisándole de la hora que podía entrar en palacio y verme.
—¡Y esas cartas! ¡esas cartas!
—Las he quemado yo por mi propia mano, gracias á don Juan Téllez Girón, que se las arrancó á estocadas.
—¡Ah!—dijo respirando el rey—; ¿y de resultas de esas estocadas está herido don Rodrigo?
—Sí, señor.
—¿Pero don Juan sabrá...?
—Don Juan entregó aquellas cartas sin leerlas á doña Clara.
—¡Ah! ya; sí... esas cartas acompañaban sin duda al rizo de cabellos aquel de doña Clara, y don Juan habrá creído que de doña Clara eran las cartas...
—Sí; sí, señor—dijo la reina, que no se atrevió á ser más explícita.