—Pues es necesario premiar á ese caballero.

—Harto premiado está ya con ser esposo de doña Clara; sólo os pido una cosa, señor.

—¡Qué!

—Que me perdonéis si por amor á vos, por la dignidad de la monarquía, pude ser una vez imprudente.

Y la reina se arrojó á los pies del rey.

—¡Oh! ¡no! ¡no! ¡en mis brazos, que tan ansiosos están de ti! ¡en mis brazos, Margarita mía! ¡oh, qué hermosa eres!

Y besó á la reina en la frente.

—¡Oh! ¡cuánto te amo, Felipe mío!—dijo la reina llorando de placer y estrechando al rey entre sus brazos.

—No me dices eso siempre—contestó el rey con el acento y la expresión de un niño voluntarioso.

—Es que no siempre me tienes contenta; pero hoy has hecho mucho bueno, Felipe; has vuelto su esposo á mi buena doña Clara, y á pesar de lo que te he revelado, no has dudado de mí. ¡Te amo! ¡te amo!