—¡Oh, Dios mío!—dijo el rey—¡si esto durara mucho!...
—Durará... todo lo que tú quieras que dure, Felipe... ¡oh! ¡y qué feliz soy! pero hay alguien á quien debemos mucho, que llora por nosotros, y cuyas lágrimas es necesario enjugar.
—¡Doña Clara!
—Doña Clara... y voy... sin perder un momento.
—¡Ir tú!... ¡la reina!...—dijo Felipe III, que no olvidaba nunca la ceremoniosa etiqueta de la casa de Austria.
—Iré... por las comunicaciones interiores... nadie me verá... enviaré delante á la duquesa de Gandía, para que doña Clara, cuando llegue yo, esté sola. Y adiós, adiós; es necesario no olvidarnos de que para el que sufre, cada momento es un siglo. Te amo. Adiós.
Y la reina escapó.
—¡Ah!—dijo el rey—; cuando se hace una buena acción se le queda á uno el alma tan llena de no sé qué... Vamos, Dios quiera que por estos momentos de felicidad que me ha dado, no nos pida Lerma algo que vuelva á ponernos tristes.
Y el rey, por el mismo sitio por donde había ido á la recámara de la reina, se volvió á la suya y al examen de la escopeta vizcaína que tenía aún entre las manos su montero mayor.